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domingo, 16 de abril de 2017

Memorias de un día tristísimo

“Porque el fútbol tiene las postales más coloridas y felices, pero también tiene de las otras.
Esas que sólo los que las vivieron en carne propia saben que gusto tienen.”
José M. Pascual, “Ese día se pareció mucho al cementerio”.

En la Paternal, a miles de kilómetros de Cipolletti y de Córdoba, Carlos se prendió a la radio vía internet y convirtió ese nudo en la boca del estómago en aliento profundo y silencioso para torcer la transmisión. Terminó el partido y se vio a doce pasos del descenso. Ejecución a ejecución caminó esos doce pasos. Lloró pegado a los parlantes de la computadora. Sintió que moría una parte interior de su cuerpo.

Dos semanas después intentó festejar su cumpleaños. Se reunió con amigos también de Buenos Aires pero tan albinegros como él. El escenario de fiesta encontró un inesperado libreto de velorio. Por esos días la pasión de sus amigos también había mutado en depresión.

Leo en Neuquén se puso el walkman media hora antes del partido. Por sus oídos sólo entró el relato de Lalo Brodi. Caminó por las paredes. Era Pascua y tenía visitas en su casa, un amigo de Buenos Aires y una amiga de la esposa de Cutral Co. En los penales pensó que Cipolletti se salvaba, sobre todo cuando el Oreja Ruiz empezó derecho. La cara de pocos amigos le duró mucho tiempo. La esposa le dio manija y la terminó mandando al carajo. “Estas como yo cuando descendió Claypole, en unos días se te pasa” intentó consolar el amigo porteño. Le costó la rutina de comprar el diario del lunes, era la lápida que confirmaba todo. Sabía que los grandes siempre vuelven, y que Cipolletti volvería. Pero pensó que serían largos, tristes y duros los años en el Argentino B hasta el regreso.

Mary no encuentra palabras que retraten los sentimientos de ese domingo distinto. Ella también cometió el desacierto de invitar amigos a almorzar. Se vio obligada a contenerse. A ahogar las lágrimas, y a tratar de comer aunque no pasaba un bocado. El nudo en la garganta advertía que no era sólo una pesadilla. Ese mediodía le enseñaría que quienes no sienten pasión por algo no entienden el llanto por un partido perdido, y menos el dolor inmenso de un descenso. Trató de ocultar lo que sabía, que ese era el primero de varios días difíciles de enojo con la realidad. Vio las lágrimas de su hija y se le duplicó el dolor y la tristeza, no encontró herramientas de madre para librarle el sufrimiento.

Maru despertó muy nerviosa y se quedó encerrada en su habitación. Prendió la radio y escuchó toda la previa, sirvió para que el límite de nervios roce el estado histérico. Las jugadas de los albinegros y los cordobeses danzaban entre la duda de apagar la radio o seguir escuchando. Una descompostura se consolidaba y crecía con los minutos. Sin embargo en cada penal cerró los ojos y pensó en positivo. Tenía fe. Se convenció capaz de generar la realidad que luego llegaría por las ondas de la radio. Terminó todo y lloró. No salió de su pieza por varias horas. La tristeza se volvió rutina por aquellos días. Sintió que era otra persona. Totalmente desanimada, también imaginó años en el Argentino B.

Alrededor de cien hinchas de Cipolletti viajaron hasta la cancha de General Paz Juniors de Córdoba. Sebastián, Maximiliano, Matías y Ricardo entre ellos.

Maxi empezó una semana antes vendiendo empanadas en los semáforos con sus amigos, juntando peso por peso para viajar a Córdoba a alentar al albinegro. Ya en viaje, los choferes del interno 089 de Vía Bariloche los gastaban por viajar sólo para ver a un “equipito”. Llegaron temprano a la docta. Usaron algunos de los pocos pesos que tenían para desayunar y fueron a la Plaza España esperando encontrarse con más hinchas de Cipo. Cuando se reunieron unos 30, emprendieron una mini caravana hasta la cancha. Cantaban a morir, metáfora de lo que se venía, pero lo pensaban y cantaban con más fuerza. La gente los miraba sin entender nada. ¿Qué hacían un domingo a las 9 de la mañana un puñado de hinchas con una camiseta parecida a la de Talleres que mirándola bien no era tal?

En el Nudo Vial Mitre encima se les dio por saltar y cantar, y los autos debieron parar y esperar que termine la fiesta improvisada de los hinchas de Cipo. A dos cuadras de la cancha, vino en mano de algunos, empezaron a cantar el típico “Cipoleee, Cipoleee” con hinchas que se sumaron ya en el barrio Juniors. Doblaron en una esquina y vieron la cancha. Al grito de “Cipoleee” le agregaron mayor énfasis y saltos. Vieron camisetas de General Paz Juniors pero hicieron como si nada y siguieron rumbo a la cancha. Llegaron a un acceso al estadio y la policía los frenó: “muchachos, esta es la entrada local”. ¡Epa!, pensaron varios. Pero había sólo 15 o 20 esperando para entrar. Pasaron por al lado de los hinchas de Juniors sin escuchar ni un respiro.

Ricardo no encontró con quien viajar y se sacó un pasaje. Fue con la mochila llena de ilusiones y muy poca plata en el bolsillo. Otra vez Córdoba pero ante una realidad tan distinta. La semana había sido larguísima. El viaje también, con lo que tardaba pensó que estaba yendo a México. Preguntando llegó a la cancha de General Paz Juniors y no había nadie aún.

Sebastián viajó con tres amigos más en un Gol poco fiable, con sándwiches, alcohol, cantos albinegros a voz en cuello y mucha fe. Llegando a Río Cuarto se les cortó el embrague. Ataron el cable del embrague con los hilos blancos y negros del gorro de Seba y siguieron viaje, terminaron avanzando a unos 10 km/h en primera porque también se les rompió el alternador, y en cada semáforo se bajaban a empujar. Ni siquiera cerraban las puertas del auto de tanto bajar y subir. Finalmente dejaron el auto tirado y se tomaron un taxi.

Matías por su parte llegó a la cancha con la expectativa de gritar ¡Zafamos! Todo el viaje se imaginó jugando en Roca y en Neuquén sin poder digerirlo, jamás pensó que podía repetir un viaje a Córdoba así después de haber ido con expectativas de salir campeón ante Racing de Nueva Italia. El estadio de General Paz Juniors demostraba un presente aburrido, falto de alegrías.

Le dieron entradas a los hinchas que viajaron. La policía le sacó los vinos a todos. En las tribunas locales no había más de mil cordobeses. La hinchada serían unos 20 que quisieron desplegar un telón muy lindo que se volaba por las pocas manos que lo sostenían. Aunque estaba conforme con la convocatoria de su albinegro a 1100 km, a Maxi el estadio le contagió la tristeza del descenso en juego.

El corazón de Ricardo latió cada vez más fuerte cuando se sumaban camisetas albinegras a acompañar su locura. Gente de Córdoba, de la Banda del Tigre, de La 69, familiares y hasta “Mojarra” Dómini estaban en los tablones.

Partido de dientes apretados. Al menos así se vio desde la tribuna. Disparos de afuera del área por parte de Padua y Amaya. Un asco el campo de juego, con un césped muy alto que frenaba la pelota, favoreciendo al equipo local que estaba acostumbrado. Así le pareció a Maxi.

Sebastián y sus amigos llegaron cuando iban 10 o 15 minutos del partido, les impactó encontrar un estadio tan triste y resignado como La Visera de aquellos días. Ricardo sintió que eran más de once colgados del travesaño, todos estaban aguantando el resultado favorable de La Visera, hasta que la maldita pelota cruzó la línea. Cipolletti jugó mal pero Ruiz le dio vida hasta los penales desviando un disparo que después dio en el travesaño.

Terminaron los 90 minutos y llegaron esos malditos penales. Escucharon por primera vez a la hinchada de Juniors coreando a “Paneeeero” el arquero cordobés, con un ritmo llamativamente original.

Pasaron los penales y Sebastián no entendía nada. Lloraba. Se confundía con los gritos de alegría de los cordobeses y de los policías que despejaban a garrotazos la tribuna visitante. Maxi entendió que los policías no querían que los hinchas se lleven las banderas, no tuvo tiempo de hacer el duelo allí. Sebastián en cambio se sentó sin entender nada, vio cómo Cristian Martínez se acercó a saludar y a entregar su ropa albinegra a los hinchas. Ese gesto de “la bruja” jamás lo olvidarán quienes estuvieron ahí. La gente le pedía que se acerquen los demás jugadores, querían compartir el dolor, nadie iba a insultar ni a agredir. Pero el experimentado defensor entre sus compañeros y los hinchas pidió disculpas en nombre del plantel, muchos jugadores eran hinchas y lloraban desconsolados, aseguró que no se acercaron porque no tenían fuerzas para hacerlo.

Ricardo cruzó toda la cancha para ir a decirle a jugadores que en las malas iba a seguir mucho más al albinegro.

Maxi y Juan con sus trapos se metieron en la platea y fueron al vestuario. Contemplaron una imagen que les quedaría grabada para siempre: los jugadores de Cipo desconsolados en el piso del vestuario, llorando, buscando una explicación a lo inexplicable. El Capataz de la Patagonia estaba descendido.

Maxi se quedó sentado afuera y escuchó consuelos de la barra cordobesa: “ya esta muchachos, son grandes, van a volver”. Asentía con la cabeza, con la vista nublada por lágrimas. Un viejito le ofreció un vaso de gaseosa y agradeció pero lo rechazó. Nada pasaría por el nudo en la garganta. Con Juan esperó a los jugadores, los saludaron, se fueron al hotel y ellos los siguieron en un taxi. Cuando llegaron los vieron decaídos. El Oreja salió y les regaló sus medias. Cuando subieron al micro el utilero abrió el porta equipajes y les tiró un par de remeras de entrenamiento y pares de medias.

Sebastián y sus amigos aún debían resolver el asunto del auto roto para volver al Alto Valle. Cuando salieron de la cancha no había un alma. Sólo policías cordobeses que los gastaban y amenazaban con que iban a ir los de la barra de Juniors. Vestidos de Cipo de pies a cabeza, agarraron palos y piedras por las dudas y fueron a buscar el auto. Ya les había pasado todo, no les importaba nada. Pero tenían que arreglar el embrague y el alternador un domingo de Pascua en Córdoba y siendo de Cipolletti. ¿A quién podía importarle ayudarlos?

Fueron a un taller que les señaló un taxista, era al ladito de la puerta de la tribuna local. Estaba cerrado como era de esperar, y la cosa parecía complicarse. Tres hinchas de General Paz Juniors les preguntaron qué querían, les sonó mal, igual les contaron y uno de los cordobeses pidió que no se muevan de ahí:

- Esperen acá, ya vuelvo y los ayudo…

La desconfianza de los cuatro albinegros fue total, pero ya estaban en el baile, y decidieron esperarlo ante la mínima esperanza de conseguir una mano.

Al rato apareció el cordobés con su hijo en una camioneta, los llevó hasta el auto, y les remolcó el malogrado coche hasta un mecánico que les resolvió los problemas. Los invitó a comer un asado a la casa de unos conocidos suyos y hasta les ofreció alojamiento en su propia casa.

En agradecimiento, Sebastián y sus amigos le regalaron al “Gogui”, el amable cordobés, una camiseta con el escudo de Cipolletti y la inscripción: “100% Albinegro”. El hincha del humilde equipo que mandó a Cipo al descenso se emocionó hasta las lágrimas, para sorpresa absoluta de los cuatro albinegros.

El increíble trajín de Sebastián y sus amigos los dispersó de aquello de caer en la cuenta de lo que había perdido Cipolletti. Sobre todo cuando uno de ellos al sacar la cabeza del auto para piropear a una cordobesa se terminó encontrando con su hermano, al que hacía dos años que no veía. Pero la dura realidad se terminó de imponer los días posteriores al increíble viaje. Para Sebastián no sólo fue imposible descansar en su barrio Confluencia de Neuquén, tuvo que aguantar el descanso de sus vecinos del rojo. La tristeza fue atroz, y devoró hasta el ánimo para responder.

Ricardo se quedó diez horas dando vueltas en Córdoba sin plata, hasta que fue a la terminal y se encontró con Maxi y Juan, que tampoco tenían un peso encima. Sufrieron el olor a sandwichs de milanesa que salía de los tuppers de los pasajeros. A Maxi le tocó un asiento con el respaldo roto. Antes de subir al colectivo fue a visitar a su novia de Córdoba y cortaron. Pese a todo, sintió que su amor por Cipo se hizo mas grande.

Al volver a Cipolletti, la cara de velorio de Matías no se fue ni siquiera con la fiebre mundialista de Alemania 2006.

Osvaldo no tuvo plata para viajar pero sufrió por la radio. Sólo pensaba que poco tiempo atrás estaban jugando la final con Racing y todo era color de rosa. Pero llegó la debacle futbolística. Quería mentirse que “son cosas del fútbol” pero no encontró consuelo. Se imaginó en los penales y sólo quiso romperle el arco a los de Juniors. Lloró mucho. No lo podía creer. Se sintió en el infierno y pretendió salirse siguiendo a la selección en el Mundial de Alemania. Su abuelo intentó sacarle dramatismo al sufrimiento, pero Osvaldo lo miró y sólo lo envidió por haber visto al equipo de su ciudad en primera división.

Adolfo tampoco pudo entender el contraste de la final contra Racing para ser campeón, a jugar por no desaparecer del mapa en la misma ciudad. No viajó. Ni siquiera tuvo plata para el partido de ida en La Visera. Partido a partido vio que Cipolletti perdía en todos lados y nada sería parecido a aquello. Odió a Lalo Brodi por la mala onda que tiraba en sus relatos. Creyó que como lo había visto en primera ponía la vara muy alta para su querido albinegro. Sabía en el fondo que el relator sólo decía en crudo lo que Cipolletti hacía adentro de la cancha, pero razonarlo le generaba impotencia.

Toda la familia se fue de viaje pero Adolfo se quiso quedar a cuidar la casa y así escuchar tranquilo a Cipo. A todos les pareció ridículo, sobre todo porque nació y vive en Roca. Pero no le importó. El sábado se acostó temprano para levantarse a las 9 de la mañana a escuchar el partido.

En los penales se sintió mas solo. Se encerró en la cocina y abrazó la radio. Cada penal que pateaban era una lágrima más de tristeza. Pensó en apagar la radio y prenderla cuando el suplicio termine. No encontró consuelo en esa triste mañana. Los días siguientes fueron aún peores. Sintió que fue la única vez que le jugó a favor que sus vecinos y amigos no sepan bien de qué equipo es hincha fanático. Que la pasión de la ciudad vaya por los motores, Boca y River fue un pequeño alivio a tanto dolor. La cabeza le trabajó cuando escuchó por ahí algún “los cipoleños se fueron al descenso”. Los miró con lástima por no entender lo grande que es Cipolletti. No se salvó de las gastadas de los amigos mas cercanos, pero la respuesta fue contundente: “Cipolletti no descendió, retrocedió un paso para tomar carrera y pegar el salto”. Igual creyó que tardaría tres o cuatro años en volver.

Micaela estaba volviendo de San Martín de los Andes. La familia volvió temprano para poder escucharlo por radio en el auto. Su hermano, su papá y ella estaban muy nerviosos. Mica pensó que Cipo iba a ganar. En los penales quiso que su papá apague la radio, estaba cegada por los nervios. Pero su papá la dejó prendida. Llegaron a casa y nadie habló de nada.

Gina en su casa de Cipolletti no pudo dormir bien. Pero se sentía positiva. Escuchó el partido con su hermano, ambos con la amargura por no haber podido viajar cuando el equipo más los necesitaba. Los relatos de Brodi no los ayudaron con el temita de los nervios, mientras la cabeza de Gina también navegaba por el contraste del estadio lleno de antes a los semivacíos de esos días. Seguían positivos los dos, incluso durante los penales. Metió el gol Garrido y las lágrimas fueron instantáneas. No podían creer haber caído tan bajo. Jugar contra Roca e Independiente. Empezaron a llegar gastadas al celular que se prolongarían toda la semana. Contestó todos: “No puedo creerlo, andate a la p… que te parió”, alternando con algún otro insulto. El almuerzo de pascuas fue silencioso. El padre, tal vez sintiéndose culpable por inculcar el amor albinegro, trató de calmarlos: “Por lo menos ahora van a poder viajar de visitante porque es mas cerca”. Era peor. Gina se prometió acompañar al albinegro en todas las canchas durante el Argentino B.

Raúl quiso viajar a Córdoba pero no encontró ruta para llegar a tiempo, estaba en Perú. Tampoco pudo ir a un cyber a Cusco a escucharlo. Cuando pudo fue a enterarse del resultado puesto. Golpe durísimo, bajón terrible. Pensó lo que costaría volver.

El 16 de abril de 2006 pasada la una de la tarde, mientras los cordobeses festejaban y los albinegros lloraban, Lalo Brodi se preguntó en el relato si alguien tenía dimensión de lo que había perdido Cipolletti. Muchos jugadores e hinchas sí. Pero no tenían ni idea, ni forma de suponer lo que pasaría la temporada siguiente afrontando el Argentino B con la base del equipo tetracampeón de la Liga Confluencia.

Carlos reflexiona que el fantasma del descenso no es la muerte, ni la desaparición de nadie. Que gracias al descenso confió por primera vez en los pibes del club que siempre ponían la cara en las malas. Y no se equivocó, porque en las buenas demostraron que siempre se puede soñar. Que el descenso es una muerte que permite renacer.

Matías igual se imaginó que Cipo estaría sólo un año en el Argentino B. Leo se equivocó. En sólo un año Cipolletti volvió al Torneo Argentino A. Maru vio que Cipo ganaba con los chicos y la gente acompañaba de local y visitante, se dio cuenta que no serían muchos los años que imaginó en esa categoría.

Mary descubrió que el descenso sirvió para volver a las fuentes, revalorizar a los jugadores del club, a los pibes de Cipo. Micaela agradece el equipazo que dejó atrás tanto sufrimiento. Adolfo empezó a vivir todos los partidos como si fuera el último. Sintió que si soñaba un regreso no se daría tan perfecto como el real. Gina cumplió, viajó a todos lados hasta la final en Olavarría, agradeciendo conocer hinchas tan fanas como ella. Raúl también viajó pero desde Buenos Aires, en un Fiat Uno con Carlos y más albinegros que se conocieron en los partidos de visitante. Ricardo acompañó el regreso de Cipo sintiendo que esta vez sí los jugadores lo llevaban adentro, como lo lleva él.

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