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martes, 4 de abril de 2017

Mala racha


  • Columna de Eduardo Sacheri en El Gráfico.
A todos los futboleros nos ha pasado alguna vez. Es verdad que a algunos les toca con más frecuencia que a otros, pero todos hemos padecido alguna vez una “racha”. Hablo de las malas, claro. Porque las buenas rachas, el futbolero casi ni las registra mientras se producen. Se limita a ser feliz, a pensar que el universo marcha como debe, a suponer que el futuro es dulce y a felicitarse por haber elegido el cuadro que eligió.

 
Cuando hablo de rachas hablo de las otras. Esas que los estadísticos llenan de números. Siete partidos perdidos al hilo, nueve encuentros sin ganar, setecientos minutos sin meter un gol… Esas rachas. Y la sensación de que el mundo está por derrumbarse. Sabemos que no es cierto. Y que hay un montón de cosas en el mundo que siguen adelante. Pero no nos importa.
 
Nos pasamos la noche en blanco, con los ojos fijos en el cielorraso, calculando cuántos puntos necesitamos para evitar la promoción o el descenso, cuántos millones requerimos para evitar la quiebra, cuántos refuerzos nos hacen falta para convertir a esa manga de matungos en un equipo como Dios manda.
 
Nos cambia el gesto, se nos avinagra el carácter, se nos agota rápido la paciencia. Y si alguien nos pregunta qué nos pasa, preferimos aducir que nos preocupa la paz mundial o el agujero de ozono. Porque si decimos la verdad, corremos el riesgo de que nos digan “Ah, era eso… pensé que era algo importante”. Y tenemos que borrar a esa persona de nuestra nómina de gente querida.
 
Aunque parezca mentira, en medio de esas rachas, los hinchas seguimos yendo a la cancha. Puede ser que ralee un poco el número, a causa de esos oportunistas del éxito que nunca faltan. Pero la mayoría sigue yendo.
 
Ojo que, antes del comienzo del partido, si uno escruta las caras de los hinchas, sus conversaciones, es muy difícil adivinar que el equipo viene en picada rumbo al desastre. El hincha, contra todo indicio razonable, llega a la cancha cargado de energía. Luce un inusitado optimismo, como si las derrotas sucesivas que arrastra el equipo fueran únicamente esas pesadillas que nos dejan un mal sabor a la mañana, pero que se disipan con la luz del sol. Para colmo, al llegar a la tribuna se encuentra con otro montón de hinchas que van con el mismo talante, y se confirma en la noción de que sí, de que esta vez la cosa camina.
 
Los cantitos previos a la aparición de los jugadores se adaptan al momento de crisis. A nadie se le ocurre cantar “Esta campaña volveremo’ a estar contigo”. Eso se reserva para las primeras fechas, cuando uno abriga la fantasía de que puede pelear el campeonato. Después de cierto tiempo, después de la severa acumulación de las derrotas, ni al más ingenuo de los ingenuos se le da por entonar ese cantito. Es lícito cambiar la letra hacia frases como “pase lo que pase”, o “en las buenas y en las malas”. Cuando los futbolistas saltan al campo de juego, el hincha atraviesa el punto máximo de optimismo. Así vestidos, con la camiseta que uno ama, refulgentes bajo el sol o brillantes en la noche, esos muchachos tienen pinta de que nada puede derrotarlos.
 
Como confirmando esa impresión, encima, durante los primeros tres, cuatro minutos, el equipo –pongamos que juega de local- sale a comerse crudos a los rivales. El conjunto presiona, los delanteros la piden, los mediocampistas meten, los defensores ordenan. Hasta puede ocurrir que en el minutos dos, o en el tres, haya un chumbazo al arco, una volada del arquero de ellos, un corner. La gente acompaña, por supuesto. Crecen los gritos. La popular salta –como siempre-, la platea salta –como casi nunca-. La gente mira el partido de pie, chifla al árbitro, insulta con buena memoria a algún rival con el que tiene cuentas pendientes de anteriores enfrentamientos.
 
El problema es después. El minuto cinco, siete, nueve a lo sumo. A esa altura, los visitantes se han acomodado. El arquero de ellos se ha tomado su tiempo para sacar alto, indiferente a los chiflidos. Le pega un terrible puntapié, la pelota cae, dividida, en tres cuartos de cancha… y ahí empiezan los problemas para nuestro equipo. Porque los rivales están asentados, porque ajustaron las marcas sobre los únicos dos o tres tipos capaces de devolver una pelota redonda a sus compañeros, porque los nuestros se sofocaron a puro nerviosismo y no consiguen retomar el aliento. Y sobre todo, porque tus jugadores no tienen ni idea de cómo llegar al arco contrario. Por algo estamos como estamos, en una seguidilla funesta de derrotas.
 
En la tribuna empiezan los murmullos. Y poco a poco, cada uno de tus jugadores va tomando su lugar en la obra maestra del terror. Los buenos jugadores juegan mal. Los jugadores pasables juegan horrible. Y los que de por sí son malos, los que tienen tendencia a ser poco más que perros (con el mayor de los respetos por el noble animal), en el contexto de la crisis cometen chambonadas inenarrables, estupideces inverosímiles que ni siquiera hemos debido tolerar en un solteros contra casados.
 
A partir de acá la hinchada deja de comportarse como un bloque monolítico, y cada cual reacciona según su talante. Está el que adopta una actitud de resistencia optimista: aunque sus jugadores no encuentren la pelota los aplaude, y aunque no tengan ni noción de cómo jugar al fútbol los alienta. Es ese tipo de espectador que aplaude un lateral a favor, que aprueba un pase desde el mediocampo al arquero, que alza los brazos alborozado si su equipo consigue un córner.
 
Otro adopta una postura de resignación nihilista. Se deja caer en el escalón o la butaca, indiferente a si los demás le tapan o no la visual. Se sostiene la cabeza con las manos y espía de tanto en tanto para comprobar que sí, que efectivamente el equipo es una banda miserable, un rejunte de mugrosos.
 
Otro, en cambio, se yergue en puntas de pie y, como si los jugadores lo escuchasen, empieza a darles precisas directivas sobre lo que tienen que hacer con cada pelota de que disponen. Se enoja cada vez que lo desobedecen pero continúa impertérrito, obsesivo, con sus indicaciones.
 
Otro, por qué no, se siente a gusto en una actitud de crítica certera. Deja al margen a uno o dos elegidos, a los que considera intocables, y al resto del equipo comienza a insultarlo lenta, concienzuda, pormenorizadamente.
 
Cuando termina cero a cero el primer tiempo, todos los hinchas enfrentan un enorme dilema. ¿Qué hacer? ¿Insultarlos como se merecen? Mejor no: eso puede bajonearlos más todavía. ¿Aplaudirlos tibiamente? Puede ser: aunque eso puede convencer a los jugadores de que ese empate miserable que están obteniendo vale la pena, es todo un premio, vamos todavía.
 
En ese mar de dudas, los jugadores habrán de retirarse entre algunos silbidos aislados, algunos aplausos náufragos, unos cuantos gritos de aliento y otros de reclamo.
 
Pero nada de relajarse, claro. Que todavía falta lo peor. El segundo tiempo, probablemente, ni siquiera nos regale esa andanada inicial de buenas intenciones. Y eso sí, tarde o temprano, a los diez o a los treinta, los visitantes van a embocarnos. Y qué fea sensación es esa de escuchar el grito de gol ajeno. Proferido desde allá lejos, nos entra por los oídos pero también por la garganta. Nos baja hasta el estómago mientras cerramos los ojos o nos tiramos del cabello o escupimos al suelo o negamos incrédulos. Ver el festejo de los rivales es atroz. Pero ver las caras, los gestos de tus jugadores, es peor todavía. Porque ni ganas de sacar del medio, tienen. Si les dieran a elegir, se irían al vestuario con tal de no pasar vergüenza.
 
Y todo vuelve a empezar, pero peor. Porque los palurdos estos, si antes no tenían ni noción de cómo llegar al arco contrario, ahora no tienen idea de hacia dónde queda el mundo. Y las urgencias de la hinchada bajan de repente como una tormenta postergada. Ahí sí, todos, encabezados por el crítico insultador, pero rápidamente secundado por el optimista (convertido en “no puedo haber sido tan ingenuo”), acompañados por el instructor obsesivo (que ahora les aconseja no tanto sobre a quién entregar la pelota sino sobre lugares adonde se pueden ir para quedarse), y seguidos de mala gana por el filósofo contemplativo (que se pone de pie porque, ya que estamos, nos sacamos el entumecimiento de tanta quietud), se dedican a insultar a los jugadores, sus madres y su posteridad.
Este ataque furibundo acepta algunas variantes: puede ser que la hinchada se la agarre con el director técnico o con los dirigentes. En el primer caso, el entrenador tiene la opción de quedarse bien guardado en el banco de suplentes (y entonces los hinchas lo tildarán de cobarde) o de mantenerse de pie, erguido, cerca del lateral y a la vista de todos (y entonces los hinchas lo acusarán de provocador y prepotente). Si la bronca va hacia los dirigentes, puede ocurrir que se produzca algún tumulto en la zona del palco oficial (aunque si son varias las derrotas consecutivas, es más que probable que los dirigentes prefieran, en lugar de presentarse en el estadio, seguir las alternativas del partido por televisión, por radio, por telex o mediante palomas mensajeras).
 
Los insultos y los cantitos agresivos sólo se suspenderán, por un momento, si el equipo tiene una situación de riesgo a favor. Pero si precisamente se nos está quemando el rancho es porque la última situación de riesgo la tuvimos en la época del Virrey Sobremonte, de manera que la retahíla de insultos y cantitos será casi ininterrumpida hasta el final.
 
Durante los últimos minutos, mientras tus jugadores lateralizan la pelota a la altura del mediocampo (pero no para hacer tiempo, sino porque no tienen ni noción de cómo acercarse al arco contrario), atronará el “hit” de los últimos años. Ese cantito que tiene la particular ventaja de permitirle a la hinchada local insultar a sus futbolistas y al equipo contrario al mismo tiempo. ¿Será por esa economía de recursos que se ha popularizado tanto? El lector sabrá dispensarme, por motivos de elegancia, de copiarlo textual, pero me refiero a ese que empieza con “Jugadores”, sigue aludiendo a la anatomía de sus progenitoras, continúa recomendando una actitud viril de la que al parecer el plantel carece, y termina con un “que no juegan con nadie”, para dar a entender que esos rivales que están a punto de derrotarlos son, redondamente, una manga de muertos de frío.
 
Poesías aparte, el silbatazo del árbitro al final apenas se escucha, porque la rechifla que baja de las tribunas es tan arrolladora que tapa todo. O casi todo, porque los visitantes tendrán la precaución de esperar a que se nos acabe el aire para, entonces, sí, burlarse de nosotros y de nuestra suerte maldita. Y si lo narrado hasta aquí es una verdadera pesadilla, vale preguntarse: ¿Podría ser peor? Sí. Siempre puede ser peor. Y ver jugar a nuestro equipo nos muestra que sí, que siempre se puede estar peor. Basta con esperar a la semana que viene.
 
Alguna vez, eso sí, las cosas cambian. Y eso es lo que no entienden los que no son hinchas de fútbol, o los oportunistas que se creen que el fútbol es un lecho de rosas. Ellos volverían a la cancha después del final de la mala racha. Después de un par de victorias, como mínimo.
 
Pero los futboleros, no. Los futboleros necesitamos estar ahí cuando todo anda mal, para asegurarnos de estar ahí cuando cambie. Y no importa si antes del cambio nos falta comernos otras seis derrotas, agregar doce partidos sin ganar, o catorce horas sin meterle un gol a nadie. Ahí estaremos.
 
Y cuando la racha termine… Santo Dios. Habremos nacido de nuevo.

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